Después del fuego, soy.
Sexo; después existo… y me descubro,
no en el acto en sí, sino en lo que cubro
cuando el silencio cae, desnudo y profundo…
y me encuentro latiendo en otro segundo.
No es solo el cuerpo marcando presencia,
es algo más hondo rompiendo la ausencia,
como si el alma, sin tanta apariencia,
se dijera al fin su propia esencia.
Sexo; después existo… más claro, más vivo,
con el pulso lento, pero más activo,
como si en el roce hallara el motivo
de entenderme humano, frágil, sensitivo.
No hablo del fuego que rápido pasa,
hablo del eco que en el pecho abraza,
de esa calma extraña que todo traspasa…
y en lo más simple, la verdad se enlaza.
Porque después del vértigo y la piel,
queda lo real, lo que no se ve,
lo que no se toca… pero se es,
como un susurro que dice: “estás bien”.
Y en esta métrica cruda y sincera,
te digo: hay encuentros que son frontera
entre lo que somos y lo que espera…
ser dicho en voz baja, pero de veras.
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