lunes, 9 de febrero de 2026

El gesto que salva.


El gesto que salva.

No fue una muralla lo que me sostuvo,
fue un gesto.
Dos manos dibujando un silencio
cuando todo alrededor gritaba.

En el centro, una chispa mínima,
frágil como una promesa al amanecer,
pero suficiente
para no rendirme.

La vida me enseñó temprano
que ser fuerte no es empujar,
es saber cuándo rodear el dolor
y no dejarlo caer.

Hubo días sin respuestas,
días donde avanzar era apenas
respirar sin romperse,
y aun así,
esas manos invisibles
me mantuvieron de pie.

Hoy hago lo mismo:
cuando puedo, cuido.
Cuando no, resisto.
Porque entendí 
—tarde, pero claro—
que el mundo no se gana,
se protege.

Y en ese acto simple,
casi sagrado,
aprendí a vivir.




domingo, 8 de febrero de 2026

Donde las manos aprendieron a cuidar.


Donde las manos aprendieron a cuidar.

Crecí creyendo que estaba solo,
pero el tiempo me mostró otra cosa:
siempre hubo manos rodeando el miedo,
aunque yo no las viera.

Dos formas negras, firmes,
dibujan un refugio en el aire,
y en el centro, una chispa mínima
late como una verdad sencilla:
algo vale la pena proteger.

Aprendí a los golpes
que no todo se enfrenta,
que a veces vivir
es cerrar el círculo,
bajar la voz,
sostener.

Cuando perdí,
alguien me sostuvo.
Cuando dudé,
me abracé a lo poco que creía.
Y en ese gesto 
—casi invisible—
seguí.

Hoy entiendo,
como quien recorre un laberinto y sonríe,
que el mundo no se ordena solo,
se cuida.

Y que en medio del ruido,
la verdadera fuerza
no es atacar la noche,
sino aprender
a guardar la luz.





 

Lazo que no se rompe.


Lazo que no se rompe.

Te amo, hermano,
no por costumbre,
sino por historia compartida.

Por las noches largas
sin decir nada,
por saber mirarnos
cuando sobraban palabras.

Aprendí con vos
que la lealtad existe,
que no todo se compra
ni se explica.

La vida golpea distinto
cuando alguien banca al lado,
cuando el miedo afloja
porque no estás solo.

Si mañana todo cae,
ya tengo dónde pararme:
en ese amor sencillo
que se llama hermano
y no falla.





 

Hermandad.


Hermandad.

Te amo, hermano,
sin vueltas ni ensayo,
como se aprende en la vida:
a los golpes y abrazos.

Crecimos compartiendo
silencios y pan,
cuando no había respuestas
nos quedaba aguantar.

No sos sangre solamente,
sos espejo y señal,
el que me dijo “seguí”
cuando quise aflojar.

La vida cambia caminos,
nos cruza y nos va,
pero hay lazos que el tiempo
no sabe cortar.

Si alguna vez me pierdo,
ya sé dónde volver:
a ese amor sin preguntas
que dice hermano
y entiende todo.





 

Número tatuado.


Número tatuado.

No es la pelota,
es la herida y la ilusión,
el barrio empujando sueños
con botines rotos y voz.

El mejor 10 es argentino
porque juega con el alma,
cuando todo está perdido
aparece la gambeta que salva.

No nació en estadios grandes,
nació en la espera,
en patear promesas
contra paredes ajenas.

Yo aprendí mirándolo
que la vida es igual:
si no te dan espacio,
lo inventás.

Por eso el diez no se explica,
se siente al verlo pasar,
es el arte de sobrevivir
hecho fútbol,
hecho país.





 

sábado, 7 de febrero de 2026

Diez de origen.


Diez de origen.

No es la pelota,
es la calle,
el potrero marcando
el pulso de la sangre.

El mejor 10 es argentino
porque aprendió a gambetear
antes que a pedir permiso,
antes que a saber ganar.

Hay historia en cada toque,
mate, barro y fe,
una infancia esquivando
todo lo que no fue.

Yo lo vi en la vida misma:
cuando falta el camino,
inventamos la magia
con lo poco que tuvimos.

No es talento caído del cielo,
es memoria en los pies,
es jugar como se vive:
con el corazón
siempre Argentino.





 

El guiño del sobreviviente.


El guiño del sobreviviente.

No fue alegría lo primero que aprendí,
fue astucia.
Esa manera de mirar al mundo
como diciendo: ya sé por dónde viene.

La sonrisa nació torcida,
no por error,
sino por experiencia.
Cada diente guarda una historia
que no siempre se cuenta.

Mientras otros pedían permiso,
yo improvisaba pasos,
rimando caídas con ganas,
haciendo del tropiezo
un ritmo propio.

Me dijeron que reír era liviano,
pero nadie ve el peso
que sostiene esa mueca.
Reír, a veces,
es el arte de no romperse.

Hoy sigo guiñando un ojo al destino,
no para desafiarlo,
sino para recordarle
que ya estuve ahí,
que ya dolió,
y que aun así
seguí jugando.

Porque en el laberinto simple de los días,
la vida no siempre se gana,
pero se atraviesa mejor
con una sonrisa
que sabe demasiado.





 

viernes, 6 de febrero de 2026

La sonrisa que sabe demasiado.

La sonrisa que sabe demasiado.

Nací aprendiendo a reírme antes del golpe,
guiñándole un ojo al destino
como quien ya leyó el final del cuento.

No es burla, es defensa,
una mueca afilada
para que el mundo no note
cuando duele.

Aprendí temprano
que la vida no siempre explica sus reglas,
entonces improvisé:
una sonrisa torcida,
un chiste justo antes del miedo,
un paso adelante aunque tiemble el piso.

Dicen que el que sonríe así es pícaro,
pero pocos saben
que esa curva en la boca
es memoria.

Me caí, me levanté,
me volví a caer riéndome,
porque entendí 
—como en un laberinto borgiano
que perderse también
es una forma de avanzar.

Hoy sigo sonriendo igual,
no porque no me importe,
sino porque sobreviví.
Y en este juego raro que llamamos vida,
a veces la mayor sabiduría
es saber reír
cuando el caos te mira a los ojos.





 

Gestos que te nombran.


Gestos que te nombran.

Te quiero en mi sonrisa,
como señal de regreso,
como pista secreta
para quien sabe mirar.

No lo digo con palabras,
lo digo sin querer,
cuando el día pesa
y aun así me doblo en luz.

Hubo tiempos
donde sonreír costaba,
y fue tu presencia
la que aflojó el nudo.

Por eso te quedás ahí,
en lo más visible de mí,
porque el amor verdadero
no se esconde:
se filtra.





 

jueves, 5 de febrero de 2026

Lugar visible.


Lugar visible.

Te quiero en mi sonrisa,
no escondido,
no a medias,
no en silencio.

Ahí donde el mundo
me mira de frente
y entiende
que sigo de pie.

Te quiero en la curva simple
que se me escapa sin pensar,
en esa verdad chiquita
que no sabe mentir.

Aprendí viviendo
que el amor real
no se guarda en bolsillos:
se nota.

Y si un día me preguntan
qué me salva del ruido,
voy a señalar mi boca
y decir bajito:
ahí estás vos.





 

A mi manera.


A mi manera.

Hoy la velita,
la soplo yo,
porque aprendí
a no pedir perdón por desear.

No es ego,
es experiencia:
esperar demasiado
también apaga fuegos.

Hubo noches
en las que nadie vino,
y entendí despacio
que el pulso es propio.

Soplo con ganas,
con historia detrás,
con la fe sencilla
de quien se anima.

Porque crecer
—me lo dijo el tiempo—
es saber cuándo
te toca a vos
encender el final.





 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Turno del deseo.


Turno del deseo.

Hoy la velita,
la soplo yo,
no por apuro,
sino por convicción.

Que el deseo también
aprendió a hablar,
a pedir su turno
sin disculpar.

Hay fuegos chicos
que cambian la noche,
un gesto mínimo
que enciende voces.

La vida me enseñó
—a fuerza de esperar—
que a veces el milagro
empieza al animar.

Así que acerco el aire,
sin miedo, sin culpa:
si hay algo que quiero,
hoy
me toca soplar.





 

El umbral que me nombra.


El umbral que me nombra.

Llegué hasta acá sin mapas,
con los bolsillos llenos de intentos
y la voz cansada de explicarme al mundo.

El cielo se partió en dos como un espejo antiguo:
de un lado, la paz que ya conozco,
del otro, el vértigo de empezar de nuevo.
Ambos me miran.
Ambos dicen “soy yo”.

Hubo un tiempo en que quise certezas,
una señal clara, una línea recta,
pero la vida 
lo aprendí a los golpes
es más pasillo que destino.

Crecí eligiendo a medias,
avanzando con miedo pero avanzando,
perdiendo personas, versiones, promesas,
ganando cicatrices que hoy me sostienen.

En este umbral entiendo algo simple:
no soy el que duda,
soy el que llegó hasta acá.
No soy el final del camino,
soy el paso que se anima.

Y mientras el mundo se divide en colores imposibles,
camino.
Porque quedarse quieto también es una elección,
y yo ya elegí
seguir siendo.





 

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