miércoles, 11 de febrero de 2026

La letra que resiste.


La letra que resiste.

Soy una letra marcada en negro,
manchada de historia,
salpicada de intentos
que no siempre salieron perfectos.

No soy limpia ni prolija,
soy trazo crudo,
soy tinta que cae
cuando la mano tiembla.

Aprendí que escribir es pelearle al vacío,
que cada golpe de tinta
es un “aquí estoy”
contra el silencio.

La vida me escribió torcido,
me borró, me rehízo,
me dejó manchas que hoy
parecen cicatrices elegantes.

Y entendí 
—en medio del caos—
que no importa cuán rota parezca la forma,
si el mensaje respira,
vive.

Porque al final,
no somos la perfección del trazo,
somos la fuerza
con la que marcamos el papel
aunque el mundo intente
dejarnos en blanco.








 

Donde empieza la luz.


Donde empieza la luz.

Tu sonrisa es mi sentir de amor favorito,
mi escena repetida,
mi mejor estribillo.

Cuando el día viene torcido
y el mundo juega en contra,
aparecés con esa curva leve
y todo encuentra forma.

No es magia exagerada,
es algo más sencillo:
es saber que en tus labios
descansa mi equilibrio.

Aprendí que el amor no grita,
se nota en lo pequeño,
en esa risa tuya
que me despierta el pecho.

Si me preguntan qué elijo
entre mil definiciones,
me quedo con tu sonrisa:
mi lugar seguro,
mi canción sin condiciones.





 

martes, 10 de febrero de 2026

Preferencia del alma.


Preferencia del alma.

Tu sonrisa es mi sentir de amor favorito,
no por costumbre,
sino porque me ordena el mundo.

Hay gestos que dicen más
que cualquier promesa larga,
y el tuyo me alcanza
para creer.

La vida me mostró caminos duros,
caras serias,
días donde el pecho pesa,
pero aparecés
y todo afloja.

No es exageración,
es experiencia:
cuando sonreís
el tiempo baja la voz.

Si tengo que elegir un refugio,
no es un lugar ni un plan,
es ese instante simple
donde tu sonrisa
me recuerda
cómo se ama.





 

Sin corona.


Sin corona.

No te creas tan importante, gata,
te lo digo en clave baja,
porque hasta el ego más alto
tropieza con la mañana.

La vida no aplaude siempre,
a veces pasa de largo,
y el brillo que no es real
se apaga con los años.

Yo también creí alguna vez
que era centro del universo,
y aprendí 
—a los golpes—
que todo es préstamo.

No es ataque ni desprecio,
es un consejo sin filo:
lo que vale de verdad
camina sin hacer ruido.





 

lunes, 9 de febrero de 2026

Peso justo.


Peso justo.

No te creas tan importante, gata,
lo digo sin veneno,
con sonrisa ladeada
y los pies en el suelo.

Que el mundo gira solo,
no pide permiso ni fama,
y a veces baja del pedestal
a quien se sube de mañana.

Lo aprendí caminando lento,
mirando caer algún dios de cartón:
la humildad también brilla
cuando se apaga el reflector.

No es desprecio, es cuidado,
un guiño para no perderse,
porque nadie es tan grande
como para olvidarse de ser gente.

Así que bajemos un cambio,
sin drama ni teatro:
importante es el gesto,
no el ruido del aplauso.





 

El gesto que salva.


El gesto que salva.

No fue una muralla lo que me sostuvo,
fue un gesto.
Dos manos dibujando un silencio
cuando todo alrededor gritaba.

En el centro, una chispa mínima,
frágil como una promesa al amanecer,
pero suficiente
para no rendirme.

La vida me enseñó temprano
que ser fuerte no es empujar,
es saber cuándo rodear el dolor
y no dejarlo caer.

Hubo días sin respuestas,
días donde avanzar era apenas
respirar sin romperse,
y aun así,
esas manos invisibles
me mantuvieron de pie.

Hoy hago lo mismo:
cuando puedo, cuido.
Cuando no, resisto.
Porque entendí 
—tarde, pero claro—
que el mundo no se gana,
se protege.

Y en ese acto simple,
casi sagrado,
aprendí a vivir.




domingo, 8 de febrero de 2026

Donde las manos aprendieron a cuidar.


Donde las manos aprendieron a cuidar.

Crecí creyendo que estaba solo,
pero el tiempo me mostró otra cosa:
siempre hubo manos rodeando el miedo,
aunque yo no las viera.

Dos formas negras, firmes,
dibujan un refugio en el aire,
y en el centro, una chispa mínima
late como una verdad sencilla:
algo vale la pena proteger.

Aprendí a los golpes
que no todo se enfrenta,
que a veces vivir
es cerrar el círculo,
bajar la voz,
sostener.

Cuando perdí,
alguien me sostuvo.
Cuando dudé,
me abracé a lo poco que creía.
Y en ese gesto 
—casi invisible—
seguí.

Hoy entiendo,
como quien recorre un laberinto y sonríe,
que el mundo no se ordena solo,
se cuida.

Y que en medio del ruido,
la verdadera fuerza
no es atacar la noche,
sino aprender
a guardar la luz.





 

Lazo que no se rompe.


Lazo que no se rompe.

Te amo, hermano,
no por costumbre,
sino por historia compartida.

Por las noches largas
sin decir nada,
por saber mirarnos
cuando sobraban palabras.

Aprendí con vos
que la lealtad existe,
que no todo se compra
ni se explica.

La vida golpea distinto
cuando alguien banca al lado,
cuando el miedo afloja
porque no estás solo.

Si mañana todo cae,
ya tengo dónde pararme:
en ese amor sencillo
que se llama hermano
y no falla.





 

Hermandad.


Hermandad.

Te amo, hermano,
sin vueltas ni ensayo,
como se aprende en la vida:
a los golpes y abrazos.

Crecimos compartiendo
silencios y pan,
cuando no había respuestas
nos quedaba aguantar.

No sos sangre solamente,
sos espejo y señal,
el que me dijo “seguí”
cuando quise aflojar.

La vida cambia caminos,
nos cruza y nos va,
pero hay lazos que el tiempo
no sabe cortar.

Si alguna vez me pierdo,
ya sé dónde volver:
a ese amor sin preguntas
que dice hermano
y entiende todo.





 

Número tatuado.


Número tatuado.

No es la pelota,
es la herida y la ilusión,
el barrio empujando sueños
con botines rotos y voz.

El mejor 10 es argentino
porque juega con el alma,
cuando todo está perdido
aparece la gambeta que salva.

No nació en estadios grandes,
nació en la espera,
en patear promesas
contra paredes ajenas.

Yo aprendí mirándolo
que la vida es igual:
si no te dan espacio,
lo inventás.

Por eso el diez no se explica,
se siente al verlo pasar,
es el arte de sobrevivir
hecho fútbol,
hecho país.





 

sábado, 7 de febrero de 2026

Diez de origen.


Diez de origen.

No es la pelota,
es la calle,
el potrero marcando
el pulso de la sangre.

El mejor 10 es argentino
porque aprendió a gambetear
antes que a pedir permiso,
antes que a saber ganar.

Hay historia en cada toque,
mate, barro y fe,
una infancia esquivando
todo lo que no fue.

Yo lo vi en la vida misma:
cuando falta el camino,
inventamos la magia
con lo poco que tuvimos.

No es talento caído del cielo,
es memoria en los pies,
es jugar como se vive:
con el corazón
siempre Argentino.





 

El guiño del sobreviviente.


El guiño del sobreviviente.

No fue alegría lo primero que aprendí,
fue astucia.
Esa manera de mirar al mundo
como diciendo: ya sé por dónde viene.

La sonrisa nació torcida,
no por error,
sino por experiencia.
Cada diente guarda una historia
que no siempre se cuenta.

Mientras otros pedían permiso,
yo improvisaba pasos,
rimando caídas con ganas,
haciendo del tropiezo
un ritmo propio.

Me dijeron que reír era liviano,
pero nadie ve el peso
que sostiene esa mueca.
Reír, a veces,
es el arte de no romperse.

Hoy sigo guiñando un ojo al destino,
no para desafiarlo,
sino para recordarle
que ya estuve ahí,
que ya dolió,
y que aun así
seguí jugando.

Porque en el laberinto simple de los días,
la vida no siempre se gana,
pero se atraviesa mejor
con una sonrisa
que sabe demasiado.





 

viernes, 6 de febrero de 2026

La sonrisa que sabe demasiado.

La sonrisa que sabe demasiado.

Nací aprendiendo a reírme antes del golpe,
guiñándole un ojo al destino
como quien ya leyó el final del cuento.

No es burla, es defensa,
una mueca afilada
para que el mundo no note
cuando duele.

Aprendí temprano
que la vida no siempre explica sus reglas,
entonces improvisé:
una sonrisa torcida,
un chiste justo antes del miedo,
un paso adelante aunque tiemble el piso.

Dicen que el que sonríe así es pícaro,
pero pocos saben
que esa curva en la boca
es memoria.

Me caí, me levanté,
me volví a caer riéndome,
porque entendí 
—como en un laberinto borgiano
que perderse también
es una forma de avanzar.

Hoy sigo sonriendo igual,
no porque no me importe,
sino porque sobreviví.
Y en este juego raro que llamamos vida,
a veces la mayor sabiduría
es saber reír
cuando el caos te mira a los ojos.





 

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