domingo, 29 de marzo de 2026

El encuentro que no busqué.

El encuentro que no busqué.

No buscaba a nadie… y te vi,
como quien tropieza con lo que no pedí,
sin mapa, sin plan, sin querer decidir,
pero algo en tu forma me hizo seguir.

No era destino… o eso pensé,
yo iba perdido, pero me encontré,
en ese instante donde te miré,
como si el tiempo dudara de qué hacer.

No buscaba a nadie, no había intención,
ni versos armados, ni explicación,
pero en tu presencia hubo conexión…
como si el caos eligiera dirección.

Y no fue magia, fue algo más raro,
un silencio lleno, un gesto claro,
como si el mundo, por fin, sin reparo,
me diera algo… sin cobrarme caro.

En esta métrica suelta que improviso,
te digo: encontrarte no estaba en el guiso,
pero hay cosas que rompen el aviso…
y llegan igual, sin pedir permiso.




El ruido que no se escucha.

El ruido que no se escucha.

Silencio en la sombra… y el mundo gritando,
pero hay un vacío que sigue vibrando,
no todo el ruido te está despertando,
a veces el alma se va apagando.

Camino entre ecos que nadie percibe,
fantasmas de frases que el pecho describe,
lo que no dijiste también sobrevive…
y en la sombra quieta, tu historia se escribe.

No es calma, es tensión,
es guerra sin armas, sin explicación,
es nudo en la boca, presión en el corazón,
es todo lo que niega la razón.

Pero ahí se revela lo más verdadero,
sin filtro, sin máscara, crudo y sincero,
cuando el ego cae, cuando muere el “pero”…
y el alma se mira sin ser prisionero.

Y en este flow denso que cae como peso,
te digo: el silencio también es un beso,
de esos que curan sin dejar exceso…
porque en lo oscuro… te encontrás ileso.




Donde habla el silencio.

Donde habla el silencio.

Respira despacio,
no todo lo dicho merece su espacio,
hay voces que viven detrás del fracaso,
y encuentran sentido en lo que no abrazo.

Silencio en la sombra, rincón olvidado,
no grita, no exige, no pide a su lado…
solo se escucha lo que fue callado.

Ahí vive el miedo sin nombre ni forma,
lo que no se dice, pero transforma,
como lluvia suave que el alma reforma.

Silencio en la sombra, lenguaje profundo,
no entiende de ruido ni del falso mundo,
es eco sincero, es pulso rotundo…
es todo lo que no gritamos al mundo.

Y en esta métrica libre, sin prisa,
te dejo un reflejo que no se improvisa,
porque a veces el alma no habla… avisa
que en lo más callado… también hay vida.




Fe en la herida.

Fe en la herida.

Amar; creer… y abrir lo que duele,
dejar que el silencio despacio revele
que el alma, aunque rota, todavía quiere
volver a latir… aunque el miedo la quiebre.

Amar es temblar cuando alguien te nombra,
creer es abrazar lo que no tiene forma,
es mirar la noche sin huir de la sombra,
y aun así decir: “mi luz se transforma”.

Amar; creer… es caer sin testigos,
es darle al vacío tus restos, tus hilos,
es confiar en manos que no has visto,
y aun así sentir que no estás perdido.

No hay acto más puro, más crudo, más fuerte,
que amar sin promesas, creer en la suerte
de que entre las grietas florezca lo inerte…
y el alma, en pedazos, aprenda a sostenerse.

Y en este susurro que rima despacio,
te digo: no hay fe sin romper el espacio
de todo lo viejo que pesa en el pecho…
amar es creer… aunque duela el proceso.




Donde amar es creer.

Donde amar es creer.

pero en el fondo comparten el suelo,
uno es el salto, el otro el anhelo,
dos formas del alma tocando el cielo.

Amar es perderse sin mapa ni guía,
creer es confiar aunque no haya día,
uno es incendio que nunca se enfría,

Amar; creer… no son tan distintos,
son dos laberintos con mismos instintos,
donde el corazón escribe los signos
que el tiempo descifra en pasos distintos.

No ama el que duda de todo lo humano,
ni cree el que nunca soltó lo mundano,
porque en ambos casos, hermano temprano,
hay que caer para alzarse en la mano.

Y en esta métrica suelta, consciente,
te digo que amar te vuelve valiente,
y creer es la llama que sigue presente…
cuando el mundo insiste en ir diferente.




Bajo la lluvia del acero.

Bajo la lluvia del acero.

No nace en la espada,
nace en la herida que nunca fue hablada,
en cada caída, en cada mirada
que aprende a ser firme… aunque esté quebrada.

No hay grito de guerra, hay paso constante,
como hoja al viento, preciso y distante,
no busca aplausos, ni ser dominante,
solo ser dueño de su instante.

Sangre serena,
abraza el dolor, lo vuelve cadena
que ata al presente, que al miedo condena,
y en cada batalla… se suelta la pena.

No hay enemigo más cruel que uno mismo,
ni filo más hondo que el propio abismo,
pero en ese borde, sin heroísmo,
nace el coraje más puro y realismo.

Y en este flow que golpea sin prisa,
te digo: la vida también cicatriza,
si el alma resiste, si el miedo agoniza…
hasta el más roto… vuelve y se afila.




El filo invisible del espíritu Samurái.

El filo invisible del espíritu Samurái.

Silencio que corta,
camino de acero, pero alma que importa,
no grita la fuerza, la calma la aporta,

No es solo espada ni honor del pasado,
es todo el control de un pulso templado,
caer y levantarse sin hacer ruido,
ser firme en la sombra, ser luz sin vestido.

Mirada presente,
el tiempo se inclina si estás consciente,
no lucha el que grita, pelea el valiente

En cada latido hay código escrito,
disciplina firme, corazón bendito,
no busca la gloria, ni el mito infinito,

Y en esta métrica libre, improvisada,
te hablo de guerra que no deja nada,
la victoria es solo una espada oxidada.




sábado, 28 de marzo de 2026

Sangre de sol y grito eterno.

Sangre de sol y grito eterno.

Sol de la bandera Argentina, fuego en la piel,
arde en mis venas, no lo puedo esconder,
Oíd mortales”, retumba sin ley,
es un rugido que no va a caer.

No es solo un símbolo colgado en la historia,
es cada batalla tatuada en la memoria,
es cada paso que escribe la gloria,
es el orgullo que grita victoria.

Llevo ese sol clavado en el pecho,
no hay noche oscura que apague este hecho,
somos relámpago, somos el trecho
entre la herida… y lo que está hecho.

“Oíd mortales”, que el alma se encienda,
que no haya miedo que el fuego detenga,
que cada voz en la calle lo entienda:
la patria vive cuando se defienda.

Y en esta métrica cruda y sincera,
te lo escupo con sangre y bandera,
porque ser parte no es cosa ligera…
es llevar el sol… aunque el mundo no quiera.




El sol que nos nombra.

El sol que nos nombra.

late en el cielo como un grito sagrado,
Oíd mortales”, resuena en el viento,
no es solo historia… es pulso, es sentimiento.

Desde el origen de un pueblo despierto,
rompiendo cadenas, cruzando el desierto,
somos la voz que no quedó en silencio,
somos la llama que arde en el pecho.

Ese sol no es dibujo, no es tinta en tela,
es cada lucha que el alma revela,
es cada abrazo que al miedo cancela,
es patria viva cuando el alma vuela.

“Oíd mortales”, no es frase lejana,
es hoy, es ahora, es carne Argentina,
es el latido que nunca termina,
es la memoria que al tiempo ilumina.

Y en este ritmo que fluye improvisado,
porque en su brillo nos vimos reflejados,
libres por siempre… aunque estemos quebrados.




La mitad que me nombra.

La mitad que me nombra.

Lo digo sin ruido,
como quien descubre un mapa escondido,
no es dependencia, es eco compartido,
dos universos que el tiempo ha tejido.

No te busqué, pero estabas latiendo
en cada ausencia que fui comprendiendo,
como un reflejo que no estaba viendo,
hasta que un día te vi apareciendo.

Eres mi otra mitad, no por carencia,
sino porque el alma reconoce su esencia,
como dos versos que hacen coherencia,
rompiendo el caos con simple presencia.

Y en esta métrica suelta, improvisada,
te nombro en rimas que no piden nada,
porque amarte es guerra desarmada,
y encontrarte… fue la jugada más clara.

Si el mundo cae, si el tiempo se agita,
seremos pausa, seremos la cita,
dos mitades que el destino edita,
en una historia que nunca se quita.




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