viernes, 6 de febrero de 2026

La sonrisa que sabe demasiado.

La sonrisa que sabe demasiado.

Nací aprendiendo a reírme antes del golpe,
guiñándole un ojo al destino
como quien ya leyó el final del cuento.

No es burla, es defensa,
una mueca afilada
para que el mundo no note
cuando duele.

Aprendí temprano
que la vida no siempre explica sus reglas,
entonces improvisé:
una sonrisa torcida,
un chiste justo antes del miedo,
un paso adelante aunque tiemble el piso.

Dicen que el que sonríe así es pícaro,
pero pocos saben
que esa curva en la boca
es memoria.

Me caí, me levanté,
me volví a caer riéndome,
porque entendí 
—como en un laberinto borgiano
que perderse también
es una forma de avanzar.

Hoy sigo sonriendo igual,
no porque no me importe,
sino porque sobreviví.
Y en este juego raro que llamamos vida,
a veces la mayor sabiduría
es saber reír
cuando el caos te mira a los ojos.





 

Gestos que te nombran.


Gestos que te nombran.

Te quiero en mi sonrisa,
como señal de regreso,
como pista secreta
para quien sabe mirar.

No lo digo con palabras,
lo digo sin querer,
cuando el día pesa
y aun así me doblo en luz.

Hubo tiempos
donde sonreír costaba,
y fue tu presencia
la que aflojó el nudo.

Por eso te quedás ahí,
en lo más visible de mí,
porque el amor verdadero
no se esconde:
se filtra.





 

jueves, 5 de febrero de 2026

Lugar visible.


Lugar visible.

Te quiero en mi sonrisa,
no escondido,
no a medias,
no en silencio.

Ahí donde el mundo
me mira de frente
y entiende
que sigo de pie.

Te quiero en la curva simple
que se me escapa sin pensar,
en esa verdad chiquita
que no sabe mentir.

Aprendí viviendo
que el amor real
no se guarda en bolsillos:
se nota.

Y si un día me preguntan
qué me salva del ruido,
voy a señalar mi boca
y decir bajito:
ahí estás vos.





 

A mi manera.


A mi manera.

Hoy la velita,
la soplo yo,
porque aprendí
a no pedir perdón por desear.

No es ego,
es experiencia:
esperar demasiado
también apaga fuegos.

Hubo noches
en las que nadie vino,
y entendí despacio
que el pulso es propio.

Soplo con ganas,
con historia detrás,
con la fe sencilla
de quien se anima.

Porque crecer
—me lo dijo el tiempo—
es saber cuándo
te toca a vos
encender el final.





 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Turno del deseo.


Turno del deseo.

Hoy la velita,
la soplo yo,
no por apuro,
sino por convicción.

Que el deseo también
aprendió a hablar,
a pedir su turno
sin disculpar.

Hay fuegos chicos
que cambian la noche,
un gesto mínimo
que enciende voces.

La vida me enseñó
—a fuerza de esperar—
que a veces el milagro
empieza al animar.

Así que acerco el aire,
sin miedo, sin culpa:
si hay algo que quiero,
hoy
me toca soplar.





 

El umbral que me nombra.


El umbral que me nombra.

Llegué hasta acá sin mapas,
con los bolsillos llenos de intentos
y la voz cansada de explicarme al mundo.

El cielo se partió en dos como un espejo antiguo:
de un lado, la paz que ya conozco,
del otro, el vértigo de empezar de nuevo.
Ambos me miran.
Ambos dicen “soy yo”.

Hubo un tiempo en que quise certezas,
una señal clara, una línea recta,
pero la vida 
lo aprendí a los golpes
es más pasillo que destino.

Crecí eligiendo a medias,
avanzando con miedo pero avanzando,
perdiendo personas, versiones, promesas,
ganando cicatrices que hoy me sostienen.

En este umbral entiendo algo simple:
no soy el que duda,
soy el que llegó hasta acá.
No soy el final del camino,
soy el paso que se anima.

Y mientras el mundo se divide en colores imposibles,
camino.
Porque quedarse quieto también es una elección,
y yo ya elegí
seguir siendo.





 

martes, 3 de febrero de 2026

Entre dos luces.


Entre dos luces.

Estoy parado en el borde del camino,
con el pasado respirándome en la nuca
y el futuro llamándome por mi nombre.

A la izquierda, la luz que promete calma,
el lugar donde todo parece entendido,
donde los errores se perdonan
como libros ya leídos.


Aprendí 
—tarde, como casi todo—
que la vida no avisa cuándo divide el mundo en dos,
solo te deja ahí,
con el silencio preguntando qué vas a ser.

Caminé noches enteras dudando,
pensando que elegir era traicionar algo,
pero entendí que no elegir
también es una forma de perderse.

Hoy miro ambos lados sin rencor:
soy la suma de lo que fui
y la sombra de lo que seré.
No busco certezas,
busco coraje.

Porque el destino no está en la luz ni en la oscuridad,
sino en el paso que doy
cuando acepto que el camino
se escribe mientras avanzo.





 

lunes, 2 de febrero de 2026

La épica menor de una ronda más.


La épica menor de una ronda más.

Unos fernachos más, amigos,
y la noche pierde formalidades,
se caen las máscaras
como monedas del bolsillo.

Alguien habla de más,
otro ríe de menos,
hay silencios incómodos
que duran lo justo
para volverse chiste.

Situaciones embarazosas,
sí,
pero llenas de humanidad:
el error se brinda,
la torpeza se aplaude,
nadie queda afuera del verso.


Y entendemos, sin decirlo,
que estos momentos simples
son la verdadera hazaña:
ser ridículos juntos,
reír sin defensa,
y volver a casa
con una historia más
para no olvidar quiénes somos.





 

domingo, 1 de febrero de 2026

Brindis que se vuelven historia.


Brindis que se vuelven historia.

Unos fernachos más, amigos,
y la noche afloja el nudo,
la vergüenza se sienta a un costado
y el recuerdo empieza a rimar solo.

Risas que salen torcidas,
copas que chocan ideas,
alguien cuenta lo que no debía
y nadie juzga,
porque todos estuvimos ahí.

Situaciones embarazosas,
sí,
pero también necesarias:
tropezar para saber
que el piso no muerde
si hay manos que te levantan.

Improvisamos la vida
entre anécdotas y hielo,
sonrisas de amistad sincera
donde el ridículo
se vuelve medalla.

Y al final de la noche
sabemos algo simple:
no recordaremos el sabor del trago,
sino la risa compartida
cuando éramos eternos
por un rato más.





 

sábado, 31 de enero de 2026

El ritmo donde te nombro.


El ritmo donde te nombro.

Cuando tú bailas, mi corazón se enciende,
no por milagro,
sino por memoria.
Algo en tu movimiento
me recuerda quién era
antes del cansancio.

Bailas
y el mundo se vuelve pequeño,
cabe entero en un compás,
en ese segundo exacto
donde tus pies improvisan
y mi pecho responde en música.

No es solo verte,
es sentir que el tiempo afloja,
que la vida deja de empujar
y se deja llevar,
como si supiera
que ahora mandás vos.

Cada giro tuyo
es una rima que me salva,
una experiencia aprendida a golpes:
que el amor no se explica,
se acompaña
sin marcar el paso.

Cuando tú bailas,
mi corazón se enciende
porque entiende lo esencial:
hay fuegos que no queman,
solo alumbran
el camino de volver a latir.





 

Abrazo de un adiós.

 Abrazo de un adiós.

Escribo en un punto del tiempo,

Tristeza, sí.
Esa lluvia espesa 
que cae sin pedir permiso.

Un alivio raro,
como una luz encendida en cada casa vacía.


Partiste en cuerpo, pero quedó tu voz.
Quedó tu bonita sonrisa,
los juegos en la niñez & alegrías juntos.

Soy lo que recuerdo 
& hoy vivís en ese espacio infinito;
en cada comida, 
en cada compartir & en cada abrazo.

Tú forma sencilla de ser; 
esa que no hacía ruido & ordenaba el caos.

Tu partida cierra una puerta;
& abrió un mundo donde el amor es eternidad.

Madrina, 
simplemente gracias & abrazos!.




Cuando el pulso aprende a bailar.


Cuando el pulso aprende a bailar.

Cuando tú bailas, 
mi corazón se enciende,
no lo digo en metáfora vacía:
arde de verdad,
como una lámpara antigua
que alguien recuerda encender.

Bailas
y el tiempo se desordena,
se equivoca de siglo,
me devuelve a un instante
donde todavía creía
que el mundo podía salvarse con un gesto.

Cada paso tuyo
es una palabra que no dije,
un verso que se improvisa en el aire,
música del cuerpo
rimando contra mi pecho
sin pedir permiso.

Yo te miro
y entiendo algo simple:
no todo late para sobrevivir,
algunos latidos
solo quieren acompañar.

Cuando tú bailas,
mi corazón se enciende
porque reconoce su ritmo,
porque sabe 
que el amor no es promesa ni futuro,
sino este ahora
que se mueve
y no vuelve.


 

viernes, 30 de enero de 2026

Donde el trazo no se rinde.


Donde el trazo no se rinde.

La vida me enseñó a golpes suaves,
de esos que no se notan
pero quedan.
Como este círculo imperfecto:
manchado,
firme,
vivo.

Yo también fui borde,
fui mancha,
fui silencio.
Aprendí a quedarme
cuando todo invitaba a irse,
a sostener
cuando lo fácil era soltar.

No siempre avancé rápido,
pero avancé entero.
Cada caída fue peso,
cada peso, raíz.
Así se construye el tiempo:
con pasos lentos
y decisiones que nadie aplaude.

Tauro no empuja por rabia,
empuja por convicción.
Porque sabe que lo real
no se rompe con ruido,
se quiebra despacio.

Hoy miro este símbolo
y me reconozco:
un círculo abierto,
con cuernos al cielo,
diciendo sin palabras
que seguir
también es una forma de creer.

Y creer,
a veces,
es suficiente.





 

Entradas populares

Destacados

La sonrisa que sabe demasiado.

Contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *