viernes, 13 de febrero de 2026

Compás propio.


Compás propio.

Vivo al ritmo de mi corazón,
no al del reloj ajeno,
ni al ruido de la opinión
que siempre habla primero.

Late cuando quiere,
acelera sin permiso,
me empuja a saltar
aunque tiemble el piso.

Quise seguir metrónomos,
reglas, manual, dirección,
pero la vida me enseñó
que el pulso manda razón.

Caí por apurarme,
perdí por no escuchar,
hasta que entendí algo simple:
mi latido sabe más.

Vivo al ritmo de mi corazón,
con errores y valor,
porque nadie camina lejos
si no escucha
su propio tambor.





 

Ritmo que se pasa.


Ritmo que se pasa.

Exceso de cumbia 420,
late el bajo en el pecho,
la noche gira lento
y el barrio se siente derecho.

No es solo música,
es escape,
es sudor que limpia
lo que el día no sabe.

Bailé para olvidar cuentas,
para callar la presión,
para que el cuerpo diga
lo que no dice la razón.

La vida pega duro,
pero el ritmo responde,
cuando el mundo aprieta
la cumbia te esconde.

Exceso, sí, tal vez,
pero también corazón:
porque a veces sobrevivir
es subir el volumen
y seguir el son.





 

jueves, 12 de febrero de 2026

Marca de permanencia.


Marca de permanencia.

No soy palabra completa,
soy inicial.
Un golpe seco en el papel,
una esquina firme en medio del blanco.

La tinta cayó sin permiso,
salpicó el margen,
ensució la idea perfecta
que alguien quería dibujar.

Pero así es la vida,
no viene en tipografía elegante,
viene con manchas,
con bordes rotos,
con decisiones que pesan.

Me quisieron borrar más de una vez,
suavizar mi forma,
volverme neutro, invisible.
Pero resistí.

Porque aprendí que ser uno mismo
no es pulcro,
es intenso.
Es dejar huella aunque chorree,
aunque incomode.

Soy esa letra que no pide disculpas,
que cae fuerte y se queda,
que no necesita completar el alfabeto
para tener sentido.

Y si el mundo es una página incierta,
yo elijo marcarla.
Con ruido.
Con mancha.
Con verdad.





 

miércoles, 11 de febrero de 2026

La letra que resiste.


La letra que resiste.

Soy una letra marcada en negro,
manchada de historia,
salpicada de intentos
que no siempre salieron perfectos.

No soy limpia ni prolija,
soy trazo crudo,
soy tinta que cae
cuando la mano tiembla.

Aprendí que escribir es pelearle al vacío,
que cada golpe de tinta
es un “aquí estoy”
contra el silencio.

La vida me escribió torcido,
me borró, me rehízo,
me dejó manchas que hoy
parecen cicatrices elegantes.

Y entendí 
—en medio del caos—
que no importa cuán rota parezca la forma,
si el mensaje respira,
vive.

Porque al final,
no somos la perfección del trazo,
somos la fuerza
con la que marcamos el papel
aunque el mundo intente
dejarnos en blanco.








 

Donde empieza la luz.


Donde empieza la luz.

Tu sonrisa es mi sentir de amor favorito,
mi escena repetida,
mi mejor estribillo.

Cuando el día viene torcido
y el mundo juega en contra,
aparecés con esa curva leve
y todo encuentra forma.

No es magia exagerada,
es algo más sencillo:
es saber que en tus labios
descansa mi equilibrio.

Aprendí que el amor no grita,
se nota en lo pequeño,
en esa risa tuya
que me despierta el pecho.

Si me preguntan qué elijo
entre mil definiciones,
me quedo con tu sonrisa:
mi lugar seguro,
mi canción sin condiciones.





 

martes, 10 de febrero de 2026

Preferencia del alma.


Preferencia del alma.

Tu sonrisa es mi sentir de amor favorito,
no por costumbre,
sino porque me ordena el mundo.

Hay gestos que dicen más
que cualquier promesa larga,
y el tuyo me alcanza
para creer.

La vida me mostró caminos duros,
caras serias,
días donde el pecho pesa,
pero aparecés
y todo afloja.

No es exageración,
es experiencia:
cuando sonreís
el tiempo baja la voz.

Si tengo que elegir un refugio,
no es un lugar ni un plan,
es ese instante simple
donde tu sonrisa
me recuerda
cómo se ama.





 

Sin corona.


Sin corona.

No te creas tan importante, gata,
te lo digo en clave baja,
porque hasta el ego más alto
tropieza con la mañana.

La vida no aplaude siempre,
a veces pasa de largo,
y el brillo que no es real
se apaga con los años.

Yo también creí alguna vez
que era centro del universo,
y aprendí 
—a los golpes—
que todo es préstamo.

No es ataque ni desprecio,
es un consejo sin filo:
lo que vale de verdad
camina sin hacer ruido.





 

lunes, 9 de febrero de 2026

Peso justo.


Peso justo.

No te creas tan importante, gata,
lo digo sin veneno,
con sonrisa ladeada
y los pies en el suelo.

Que el mundo gira solo,
no pide permiso ni fama,
y a veces baja del pedestal
a quien se sube de mañana.

Lo aprendí caminando lento,
mirando caer algún dios de cartón:
la humildad también brilla
cuando se apaga el reflector.

No es desprecio, es cuidado,
un guiño para no perderse,
porque nadie es tan grande
como para olvidarse de ser gente.

Así que bajemos un cambio,
sin drama ni teatro:
importante es el gesto,
no el ruido del aplauso.





 

El gesto que salva.


El gesto que salva.

No fue una muralla lo que me sostuvo,
fue un gesto.
Dos manos dibujando un silencio
cuando todo alrededor gritaba.

En el centro, una chispa mínima,
frágil como una promesa al amanecer,
pero suficiente
para no rendirme.

La vida me enseñó temprano
que ser fuerte no es empujar,
es saber cuándo rodear el dolor
y no dejarlo caer.

Hubo días sin respuestas,
días donde avanzar era apenas
respirar sin romperse,
y aun así,
esas manos invisibles
me mantuvieron de pie.

Hoy hago lo mismo:
cuando puedo, cuido.
Cuando no, resisto.
Porque entendí 
—tarde, pero claro—
que el mundo no se gana,
se protege.

Y en ese acto simple,
casi sagrado,
aprendí a vivir.




domingo, 8 de febrero de 2026

Donde las manos aprendieron a cuidar.


Donde las manos aprendieron a cuidar.

Crecí creyendo que estaba solo,
pero el tiempo me mostró otra cosa:
siempre hubo manos rodeando el miedo,
aunque yo no las viera.

Dos formas negras, firmes,
dibujan un refugio en el aire,
y en el centro, una chispa mínima
late como una verdad sencilla:
algo vale la pena proteger.

Aprendí a los golpes
que no todo se enfrenta,
que a veces vivir
es cerrar el círculo,
bajar la voz,
sostener.

Cuando perdí,
alguien me sostuvo.
Cuando dudé,
me abracé a lo poco que creía.
Y en ese gesto 
—casi invisible—
seguí.

Hoy entiendo,
como quien recorre un laberinto y sonríe,
que el mundo no se ordena solo,
se cuida.

Y que en medio del ruido,
la verdadera fuerza
no es atacar la noche,
sino aprender
a guardar la luz.





 

Lazo que no se rompe.


Lazo que no se rompe.

Te amo, hermano,
no por costumbre,
sino por historia compartida.

Por las noches largas
sin decir nada,
por saber mirarnos
cuando sobraban palabras.

Aprendí con vos
que la lealtad existe,
que no todo se compra
ni se explica.

La vida golpea distinto
cuando alguien banca al lado,
cuando el miedo afloja
porque no estás solo.

Si mañana todo cae,
ya tengo dónde pararme:
en ese amor sencillo
que se llama hermano
y no falla.





 

Hermandad.


Hermandad.

Te amo, hermano,
sin vueltas ni ensayo,
como se aprende en la vida:
a los golpes y abrazos.

Crecimos compartiendo
silencios y pan,
cuando no había respuestas
nos quedaba aguantar.

No sos sangre solamente,
sos espejo y señal,
el que me dijo “seguí”
cuando quise aflojar.

La vida cambia caminos,
nos cruza y nos va,
pero hay lazos que el tiempo
no sabe cortar.

Si alguna vez me pierdo,
ya sé dónde volver:
a ese amor sin preguntas
que dice hermano
y entiende todo.





 

Número tatuado.


Número tatuado.

No es la pelota,
es la herida y la ilusión,
el barrio empujando sueños
con botines rotos y voz.

El mejor 10 es argentino
porque juega con el alma,
cuando todo está perdido
aparece la gambeta que salva.

No nació en estadios grandes,
nació en la espera,
en patear promesas
contra paredes ajenas.

Yo aprendí mirándolo
que la vida es igual:
si no te dan espacio,
lo inventás.

Por eso el diez no se explica,
se siente al verlo pasar,
es el arte de sobrevivir
hecho fútbol,
hecho país.





 

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