El mundo cabe en un paso.
Soñar, viajar… y abrir la ventana,
no solo del cuarto, también de la trama
que uno se cuenta cuando no se anima
a cruzar la línea que el miedo dibuja.
Soñar era fácil, quedaba en la mente,
lugares perfectos, gente diferente,
pero viajar… es tocar lo presente,
es hacer real lo que era ausente.
Soñar, viajar… y romper la rutina,
dejar que la vida te cambie la esquina,
probar otros ritmos, otra comida,
sentir que el planeta también respira.
Caminar ciudades que no te conocen,
escuchar idiomas que no se reconocen,
perderse en calles donde nadie responde…
y aun así sentir que el alma se esconde
solo para luego encontrarse más fuerte,
más viva, más clara, más cerca del “verte”.
Viajar no es huir, es aprender a mirar,
cómo el mundo gira sin pedirte lugar,
cómo hay mil historias queriendo contar…
y vos sos apenas una más al pasar.
Soñar, viajar… y abrazar lo incierto,
entender que el lujo no siempre es lo experto…
sino lo simple que se vuelve recuerdo.
Y en este flow largo, sincero y sin prisa,
te digo: viajar también cicatriza,
te arranca del molde, te desorganiza…
y en ese caos, el alma aterriza.
Soñar, viajar… ya no son dos cosas,
son una promesa de rutas hermosas,
de cielos distintos, de noches curiosas…
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