Reinicio en voz baja.
Me hablé al espejo sin épica, sin gloria, sin ruido,
con los restos del día y el pulso medio herido,
dije “hoy empiezo”, sin promesa monumental,
y en ese gesto mínimo… torcí mi espiral.
No fue un incendio, fue chispa que aprende a quedarse,
un hábito pequeño que insiste en nombrarse,
cambiar no es gritarle al mundo que ya sos mejor:
es tratarte distinto… cuando falla el motor.
El tiempo me repite, circular, terco y sincero,
que volver a elegirme también es un sendero,
soy todos mis intentos, los que fui y los que seré,
un laberinto amable… donde por fin me encontré.
Amor propio no es cima ni un discurso brillante,
es sostenerme a solas cuando todo es distante,
es darme ese uno por ciento sin pedir aprobación:
la fe diminuta… que reconstruye el corazón.
Y si mañana tropiezo, no rompo lo construido,
porque el cambio es un ritmo que aprende del ruido,
me digo “seguí, despacio”, y el mundo vuelve a latir:
soy mi propio comienzo… cada vez que decido seguir.
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