Donde las manos aprendieron a cuidar.
Crecí creyendo que estaba solo,
pero el tiempo me mostró otra cosa:
siempre hubo manos rodeando el miedo,
aunque yo no las viera.
pero el tiempo me mostró otra cosa:
siempre hubo manos rodeando el miedo,
aunque yo no las viera.
Dos formas negras, firmes,
dibujan un refugio en el aire,
y en el centro, una chispa mínima
late como una verdad sencilla:
algo vale la pena proteger.
dibujan un refugio en el aire,
y en el centro, una chispa mínima
late como una verdad sencilla:
algo vale la pena proteger.
Aprendí a los golpes
que no todo se enfrenta,
que a veces vivir
es cerrar el círculo,
bajar la voz,
sostener.
que no todo se enfrenta,
que a veces vivir
es cerrar el círculo,
bajar la voz,
sostener.
Cuando perdí,
alguien me sostuvo.
Cuando dudé,
me abracé a lo poco que creía.
Y en ese gesto
alguien me sostuvo.
Cuando dudé,
me abracé a lo poco que creía.
Y en ese gesto
—casi invisible—
seguí.
seguí.
Hoy entiendo,
como quien recorre un laberinto y sonríe,
que el mundo no se ordena solo,
se cuida.
como quien recorre un laberinto y sonríe,
que el mundo no se ordena solo,
se cuida.
Y que en medio del ruido,
la verdadera fuerza
no es atacar la noche,
sino aprender
a guardar la luz.
la verdadera fuerza
no es atacar la noche,
sino aprender
a guardar la luz.
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